Cuando pensamos en la figura de un corrector, quizá, lo primero que nos viene a la mente sea que se trata de una persona que se dedica a sacarle los fallos a nuestra obra y no, estamos totalmente equivocados.

El corrector es, más bien, nuestro cómplice.

Aquella persona que “limpia” nuestros textos y que hace posible  que llegue al lector de una forma clara, concisa y llana. Podemos decir que es el estilista personal de nuestra obra, que se encarga de ponerla a punto para que pueda salir a pasear y que capte la atención de todas las miradas.

Una obra que tiene fluidez y a la vez riqueza en todos y cada uno de sus párrafos. Es un documento que atrae, que pide a gritos ser leído y que una vez  poseído deja huella en aquella persona que lo lee. Todo ello porque el pensamiento de aquel que lo ha escrito ha sido bien transmitido.

Para poder llegar al punto exacto de cocción el corrector tiene que estar preparado para subsanar cualquier obstáculo, es decir, cualquier discordancia, error tipográfico o, simplemente, poner en orden las muletillas. Su objetivo es que nuestros libros lleguen a las manos de un editor, un concurso literario o al lector exentos de errores.

Está claro que hoy en día vivimos en una sociedad que avanza muy rápido y que, en parte, debido a esa tecnología la escritura ha ido modificándose, ya que la lengua está viva. Se han ido incorporando  fórmulas que crean nuevas abreviaturas para ahorrar tiempo al escribir, se han reinventado palabras y se ha decidido que todo ello se traslade al papel haciendo que esas palabras que abreviamos, que acortamos, que no acabamos se muden a la hoja haciendo que, a su vez, se cuelen muletillas que utilizamos a la hora de hablar entre nosotros y que, al fin y al cabo, fuera de su contexto no tienen ningún uso.

Aquí viene el papel fundamental del corrector. El objetivo es simple: hacer que todo se mantenga en su lugar y que no haya fallo alguno. Debemos tener en cuenta que el corrector también debe seguir unas pautas que hacen de su trabajo algo transparente. Por ejemplo, no puede modificar el texto sino que, simplemente, se encarga de subsanar los errores; no puede hacer nada sin el consentimiento pleno del autor, ya que no es su obra y debe aconsejar al autor de la misma para que éste pueda mejorar.

Por lo tanto, no se debe coger al corrector como un enemigo sino como un amigo que sirve de apoyo para sacar adelante tu sueño. Además de no olvidar nunca que , el autor, siempre tendrás la última palabra.